Revelación a los Pastores. Alabanza de los Ángeles

Fecha: Por Octubre del año 5 a.C.

Lugar: Belén

«Y en aquella misma región, había pastores posando a campo abierto, guardando vigilias de la noche sobre sus rebaños. Y se les apareció un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor, y tuvieron gran temor.» (Lucas 2:8-9)

«Pero el ángel les dijo: ¡No temáis! pues he aquí os anuncio la buena noticia de gran gozo, que será para todo el pueblo: ¡Hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es CRISTO el Señor! Y esto os será por señal: Hallaréis a un niñito envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Y repentinamente, junto con aquel ángel, apareció una multitud del ejército celestial alabando a DIOS, y diciendo: ¡Gloria a DIOS en las alturas, Y en la tierra paz entre los hombres de su elección!» (Lucas 2:10-14)

«Y aconteció que cuando los ángeles partieron de ellos al cielo, los pastores decían unos a otros: Vayamos, pues, hasta Bet-Léjem, y veamos este evento que ha pasado, que nos manifestó el Señor. Y apresurándose, fueron y hallaron tanto a María como a José y al niñito acostado en el pesebre.» (Lucas 2:15-16)

«Y después de verlo, manifestaron lo que les fue dicho acerca del niño. Y todos los que lo oyeron, se maravillaron de las cosas dichas por los pastores. Y María guardaba todas estas palabras, ponderándolas en su corazón. Y los pastores regresaron glorificando y alabando a DIOS por todo lo que habían oído y visto, tal como les había sido dicho.» (Lucas 2:17-20)

Sin que lo supieran los hombres, las nuevas llenaron el cielo de regocijo. Los seres santos del mundo de luz se sintieron atraídos hacia la tierra por un interés más profundo y tierno. El mundo entero quedó más resplandeciente por la presencia del Redentor. Sobre los collados de Belén se reunieron innumerables ángeles a la espera de una señal para declarar las gratas nuevas al mundo. Si los dirigentes de Israel hubieran sido fieles, podrían haber compartido el gozo de anunciar el nacimiento de Jesús. Pero hubo que pasarlos por alto. DTG 30.2

Dios declaró: “Derramaré aguas sobre el secadal, y ríos sobre la tierra árida.” “Resplandeció en las tinieblas luz a los rectos.”3 Para los que busquen la luz, y la acepten con alegría, brillarán los esplendentes rayos del trono de Dios. DTG 31.1

En los campos donde el joven David apacentara sus rebaños, había todavía pastores que velaban. Durante las silenciosas horas de la noche, hablaban del Salvador prometido, y oraban por la venida del Rey al trono de David. “Y he aquí el ángel del Señor vino sobre ellos, y la claridad de Dios los cercó de resplandor; y tuvieron gran temor. Mas el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor.” DTG 31.2

Al oír estas palabras, las mentes de los atentos pastores se llenaron de visiones gloriosas. ¡El Libertador había nacido en Israel! Con su llegada, se asociaban el poder, la exaltación, el triunfo. Pero el ángel debía prepararlos para reconocer a su Salvador en la pobreza y humillación. “Esto os será por señal—les dijo:—hallaréis al niño envuelto en pañales, echado en un pesebre.” DTG 31.3

El mensajero celestial había calmado sus temores. Les había dicho cómo hallar a Jesús. Con tierna consideración por su debilidad humana, les había dado tiempo para acostumbrarse al resplandor divino. Luego el gozo y la gloria no pudieron ya mantenerse ocultos. Toda la llanura quedó iluminada por el resplandor de las huestes divinas. La tierra enmudeció, y el cielo se inclinó para escuchar el canto: DTG 31.4

“Gloria en las alturas a Dios, y en la tierra paz,
buena voluntad para con los hombres.” DTG 31.5

¡Ojalá la humanidad pudiese reconocer hoy aquel canto! La declaración hecha entonces, la nota pulsada, irá ampliando sus ecos hasta el fin del tiempo, y repercutirá hasta los últimos confines de la tierra. Cuando el Sol de justicia salga, con sanidad en sus alas, aquel himno será repetido por la voz de una gran multitud, como la voz de muchas aguas, diciendo: “Aleluya: porque reinó el Señor nuestro Dios Todopoderoso.”4 DTG 31.6

Al desaparecer los ángeles, la luz se disipó, y las tinieblas volvieron a invadir las colinas de Belén. Pero en la memoria de los pastores quedó el cuadro más resplandeciente que hayan contemplado los ojos humanos. “Y aconteció que como los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores dijeron los unos a los otros: Pasemos pues hasta Bethlehem, y veamos esto que ha sucedido, que el Señor nos ha manifestado. Y vinieron apriesa, y hallaron a María, y a José, y al niño acostado en el pesebre.” DTG 31.7

Con gran gozo salieron y dieron a conocer cuanto habían visto y oído. “Y todos los que oyeron, se maravillaban de lo que los pastores les decían. Mas María guardaba todas estas cosas, confiriéndolas en su corazón. Y se volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios.” DTG 32.1

El cielo y la tierra no están más alejados hoy que cuando los pastores oyeron el canto de los ángeles. La humanidad sigue hoy siendo objeto de la solicitud celestial tanto como cuando los hombres comunes, de ocupaciones ordinarias, se encontraban con los ángeles al mediodía, y hablaban con los mensajeros celestiales en las viñas y los campos. Mientras recorremos las sendas humildes de la vida, el cielo puede estar muy cerca de nosotros. Los ángeles de los atrios celestes acompañarán los pasos de aquellos que vayan y vengan a la orden de Dios. DTG 32.2

La historia de Belén es un tema inagotable. En ella se oculta la “profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios.”5 Nos asombra el sacrificio realizado por el Salvador al trocar el trono del cielo por el pesebre, y la compañía de los ángeles que le adoraban por la de las bestias del establo. La presunción y el orgullo humanos quedan reprendidos en su presencia. Sin embargo, aquello no fué sino el comienzo de su maravillosa condescendencia. Habría sido una humillación casi infinita para el Hijo de Dios revestirse de la naturaleza humana, aun cuando Adán poseía la inocencia del Edén. Pero Jesús aceptó la humanidad cuando la especie se hallaba debilitada por cuatro mil años de pecado. Como cualquier hijo de Adán, aceptó los efectos de la gran ley de la herencia. Y la historia de sus antepasados terrenales demuestra cuáles eran aquellos efectos. Mas él vino con una herencia tal para compartir nuestras penas y tentaciones, y darnos el ejemplo de una vida sin pecado. DTG 32.3

En el cielo, Satanás había odiado a Cristo por la posición que ocupara en las cortes de Dios. Le odió aun más cuando se vió destronado. Odiaba a Aquel que se había comprometido a redimir a una raza de pecadores. Sin embargo, a ese mundo donde Satanás pretendía dominar, permitió Dios que bajase su Hijo, como niño impotente, sujeto a la debilidad humana. Le dejó arrostrar los peligros de la vida en común con toda alma humana, pelear la batalla como la debe pelear cada hijo de la familia humana, aun a riesgo de sufrir la derrota y la pérdida eterna. DTG 32.4

El corazón del padre humano se conmueve por su hijo. Mientras mira el semblante de su hijito, tiembla al pensar en los peligros de la vida. Anhela escudarlo del poder de Satanás, evitarle las tentaciones y los conflictos. Mas Dios entregó a su Hijo unigénito para que hiciese frente a un conflicto más acerbo y a un riesgo más espantoso, a fin de que la senda de la vida fuese asegurada para nuestros pequeñuelos. “En esto consiste el amor.” ¡Maravillaos, oh cielos! ¡Asómbrate, oh tierra! DTG 33.1